El 21 de junio nuestra Asociación cumplió dieciséis años de existencia.
Muchos colegas recordarán con emoción, tal vez con nostalgia, aquel domingo en
el que, reunidos en la Biblioteca Nacional, iniciamos -no sin temores- un camino
de esperanzas que nos ha conducido hasta el hoy. Podemos afirmar que decir
A.P.L.U., pensar en A.P.L.U., es nombrarnos y pensarnos a nosotros mismos, a todos
los que, de una u otra forma, en mayor o menor medida, hemos construido la
realidad de una Asociación que reúne a docentes de larga trayectoria _algunos ya
retirados de la actividad_ y a jóvenes docentes, y que espera a quienes se están formando
en los institutos de todo el país para integrarlos y trabajar juntos.
Estamos convencidos de que en cada aniversario es preciso mirar hacia
atrás, revisar aciertos, reconocer errores para no incurrir en ellos una vez más, pero
sobre todo, tener presente a quienes nos precedieron, aquellos que, amando y
enseñando literatura, pensaron en una institución que se nucleara en torno a ella: A.P.L.U.
Es por eso que en este boletín recordamos de diferentes formas, y desde
perspectivas distintas, a quien fuera presidenta de esta institución: la profesora Graciela
Mántaras Loedel. Es entonces éste, un boletín distinto. Hemos reservado para ese
merecido homenaje -que no pudo hacerse en el número anterior por encontrarse ya en
la imprenta- las palabras que compañeras en su gestión como Presidenta de la
Asociación, colegas y amigas entrañables, escribieron y que merecen ser conocidas
por todos los asociados. Pero, y sobre todo, hemos incluido un ensayo que, para
quienes transitamos los caminos de la poesía, es asaz significativo. Alcanza con citar
las primeras palabras del inolvidable símil homérico al que Graciela se refiere en
su ensayo, para que todos, absolutamente todos los que leen estas páginas, lo
repitan o lo evoquen en su Ilíada -quizás subrayado-, y sientan, una vez más, la magia de
la poesía que nos alcanza en las alegrías más intensas y en los dolores más hondos.
El aeda ciego está presente hoy para acompañarnos en este homenaje. Y
lo está para recordar que, en este camino de la docencia, las jóvenes
generaciones serán las que reverdecerán -como los árboles en primavera- y encontrarán en
la memoria colectiva el nutriente para seguir convocando a la poesía. Ahora y
siempre.