ASOCIACIÓN DE PROFESORES
DE LITERATURA DEL URUGUAY
Boletín Electrónico
- Año 1 - #2 - Diciembre de 2007
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ACERCAMIENTOS A DISTINTOS ENFOQUES CRÍTICOS IV
Eliseo S. Porta El hombre y su movimiento vital 
                                                   Profa. Celeste Paiva



Aunque vivimos empapados de porvenir, y si bien es cierto que nos hospedamos en el presente, toda travesía personal no es otra cosa que una ecuación entre pasado y futuro. Esa es la dialéctica de cada recorrido biográfico: nos apoyamos en el pasado, habiéndolo asumido y aceptado, con todo lo que ello comporta.

En esta dirección, munidos de un nuevo cartabón, para que esta tarea arriesgada y difícil vaya por la andadura de mayor categoría humana, podremos hablar dignamente del escritor Eliseo Salvador Porta. Entendemos que detenernos en la historia de una persona es introducirnos en sus entresijos, en sus proyectos concretos, precisos, realistas, bien dibujados y no exentos de ilusión y entusiasmo.

Quien había programado su vida hizo de esos dos componentes, ilusión y entusiasmo, el tópico de sus afanes y de superación permanente; tuvo capacidad para remontar los reveses y así logró convertirse en señor de sí mismo.

En esta tarea de explorador he buscado información entre aquellos que fueron sus allegados: pacientes del médico, colegas del profesor, alumnos y docentes del liceo que dirigió, parientes, amigos, y su esposa Gloria. Se trata de buscar el sentido de su vida en el hilo conductor de su poesía, que a pesar de los cambios, permanece. Descubrir la razón de esa permanencia nos va abriendo camino, en medio de tantos acontecimientos complejos y de circunstancias cambiantes.

Eliseo Salvador Porta, nació en Tomás Gomensoro, el 13 de marzo de 1912. Coincidentemente, ese año se gestaba la creación oficial del Liceo Departamental de Artigas, aunque llega a su concreción en enero del año siguiente.

Desde una fotografía de su juventud florida, en la plaza Artigas -en ese entonces la principal de la ciudad- posa con sus amigos, de pie, frente a la cámara. Se le ve como solía, vistiendo impecable traje oscuro, con el sombrero a la moda de aquellos tiempos, algo inclinado hacia los ojos. El cuerpo atlético; la pose de aparente desgaire, lejos de ocultar su elegancia, delata una orgullosa tranquilidad. En la mirada, matices grisáceos soslayan divertidos, más allá del instante. Una mano de estudioso sostiene el ala del sombrero hasta casi descubrir parte de la frente voluntariosa por donde asoma, como muestra, un mechón de la abundante cabellera castaña.

Sus amigos lo recuerdan bondadoso, ocurrente y "algo loco", pero siempre generoso. Irradiaba el especial encanto de quien lucía un permanente buen humor. A menudo hacía bromas, chistes de buena calidad, y no imponía dique a la sonora carcajada, afable y contagiosa. Tenía modales gentiles y dignos, conversaba con animada excitación, gesticulaba significativamente y era de habla tan elocuente como expresiva. Sus compañeros del liceo, cursado en Artigas, lo reconocían desde lejos, cuando descubrían la figura que se aproximaba a grandes zancadas de armonioso vaivén corporal.

El profesor Ariel Dieste se deleitaba contando acerca de la "sufrida amistad", que mantenía con aquel muchacho, quien no por donoso era menos intransigente. Se volvía agresivo cuando defendía su percepción de lo justo. No admitía el fingimiento, era drástico en sus resoluciones y poco tolerante con quienes disentía. Pero tenía la facultad de ser paciente con el amigo, por lo que cerraba sus debates, entre irónico y divertido, con el mote consabido.

Intentando interpretar las intrincadas razones del alma humana, él mismo se enmarañaba con lo epicúreo y lo estoico enseñoreándose desde su fuero más íntimo. Sin duda, disfrutaba con fruición de los placeres que la existencia ponía a su alcance. Pero también podía ser un batallador audaz y persistente, que hacía cualquier cosa con la acerada sencillez de su corazón. Jamás obedecía ninguna regla, porque parecían estar siempre en contradicción con su deber, y él sabía siempre, muy bien, cuál era el deber primero. Parecía negra roca en medio de blanca espuma: inconmovible, sin resentimientos, a pesar de las ofensivas críticas de aquellos que no comprendían su grandeza, pero tan determinado, con tanta obstinación en sus designios, que hacía rugir de rabia irrefrenable a sus opositores.

Tal como era, hijo de su tiempo, jenízaro de madre criolla y padre gringo, se entregó a la política con el empuje de su naturaleza. Por idiosincrasia y vocación, amaba al ser humano, así que todo su interés se dirigió hacia la búsqueda de su verdad, apuntando la lucha a favor de los desamparados. Clara y distinta había sido su determinación respecto a la causa elegida, su convicción colocaba por encima de todo, la fidelidad a ese ideal, aunque transitaría por distintos senderos políticos. Colorado al comienzo, luego socialista y, por último, comunista, postura que sería consolidada después de su viaje a China. Aunque siempre fue un especulador inconformable, todo cuestionaba, hasta los postulados fundamentales de su doctrina partidista. No podía aceptar el conformismo, hurgaba los pensamientos y ponía el alma en vilo, cuando se trataba de corroborar la autenticidad de los preceptos. Estaba penetrado hasta la médula, de su filosofía, esa honestidad de búsqueda y reconocimiento se puede leer en cada una de sus páginas, porque responden al impulso con que se determinó tal creación espiritual, a la exigencia de libertad interior que no consiente la sumisión a norma alguna.

De un modo progresivo, a lo largo de su vida, Porta eleva su conducta a ejemplo y símbolo ante los ojos de sus contemporáneos. Si bien no sentía por la medicina el vibrante llamado vocacional, actuando de acuerdo con el compromiso hipocrático, consiguió la creación de una policlínica en Tomás Gomensoro. Se trasladó a su pueblito natal, y ejerció allí su profesión como un verdadero apostolado.

Los mejores momentos de su vida convergen en la zona norteña, allí se entregaría, plenamente, a su afición por la docencia. Como profesor de Ciencias Geográficas le cupo el honor de ser, primero, fundador del liceo de Tomás Gomensoro, y luego, su primer Director. Hasta que, en 1957, el brillante concurso de la asignatura, le aseguró la efectividad en el liceo de Bella Unión, donde trabajó durante sus últimos años.

Se le reconoce el privilegio de la simpatía, y de un carisma especial en relación con el sexo opuesto. Motivo plausible que favoreció una tercera incursión por los carriles matrimoniales. De las pasiones anteriores, la primera había sido encendida por una checoslovaca y enardecida -luego- por una española. El brote ígneo, esta vez aventado en Tomás Gomensoro, lo unió a Gloria Galván. La joven de dieciocho años sería el último amor del hombre ya cincuentón. Aunque a juzgar por su complexión física, y su estado anímico, se podría pensar que había conseguido esa eternización del tiempo, que anula el devenir. Hombre maduro, mantenía la imagen gallarda, con la sonrisa a flor de labios y la vivacidad bailoteando en los ojos. Consignando algunos aspectos de su personalidad, como lo hace H. Hesse para describir a Haller, el lobo estepario, hacía pensar que ... él había pensado más que otros hombres, poseía en asuntos del espíritu aquella serena objetividad, aquella segura reflexión y sabiduría que solo tienen las personas verdaderamente espirituales, a las que falta toda ambición y nunca desean brillar...

Gloria representó una proyección de su propio ser, ella tenía el vigor de la juventud, que unió a la energía espiritual del hombre; la maleable sensibilidad femenina propugnó la concepción humanista de Porta. Como un puente tendido entre el ser y el querer ser, ella lo rescató del fluir temporal: porque el agobio de los años anonadan al hombre activo, que siente cómo la vida se mueve...y se mueve hacia la muerte. Según palabras de Francisco Ayala: "... el movimiento, es la vida gastándose, es el disfraz de la muerte entrando astuta en la vida."

Era ese movimiento vital lo que aterraba al hombre que se había considerado más allá del bien y del mal y, con la irreverencia del anarquista, había rechazado preceptos sociales, doctrinas falaces y dogmas religiosos.

Años después, su cuñada Beti -niña aún en ese tiempo- lo recordaría entrando a la casa paterna, como un "papaíto piernas largas", llamando ruidosamente al suegro para salir a pescar, de paso: el registro inclasificable -que caracterizaba su modo de hablar- acariciaba, con la ternura en la voz, y la mano de ras en ras, por las cabezas de los más chicos, en el juego reflejaba una vida anímica agitada, a la vez que delicada y sensible.

"Es que la vida es tan rica y compleja -solía decir- que hay que espigar el trigo de la

paja: para distinguir lo accesorio de lo fundamental." Ésta es la razón histórica personal, que

explica, comprende y da razón a vida y obra de

Eliseo Salvador Porta. Sólo se comprende una

vida, sólo se la puede analizar y captar con

profundidad, estudiando su secuencia histórica: qué

ha pasado con ella, qué le ha sucedido por dentro,

qué móviles la han puesto en marcha, cuáles han

sido sus éxitos y sus fracasos y cómo se han vivido,

qué huellas han dejado las alegrías y las tristezas,

qué roturas y qué arreglos se han ido produciendo...

y así las buscamos también en su actividad

creadora.

El escritor pudo digitar una variedad genérica, sin perder la coherencia, encontró el perfecto equilibrio entre los contenidos y la forma literaria que los trasmitía. El mundo de ficción programado en la obra, alimentaba el sentimiento de que ésta tenía el rol específico de desentrañar la subjetividad impronunciable del lector, para lo que se sirvió de los recursos narrativos que actuaron como vehículo de las inquietudes de los personajes de sus cuentos y novelas. Comprometido con los procesos de cambio, propugnó por el gran viraje histórico de su patria en el ensayo político Uruguay: realidad y reforma agraria (1961). Buscando el registro representativo de su potencialidad creativa fue comediógrafo y poeta.

La vida tiene dos ópticas: desde dentro (esta es la intrahistoria en el sentido de Unamuno) y desde fuera. La primera es profunda y la segunda, superficial. Una es privada y la otra pública. La distancia entre ambas es la misma que se establece entre lo que es verdadero y lo que es falso. Ahí entra la labor de interpretación: reconstruirla, pero andándola por los pasadizos internos de su poesía. Será la mejor manera de dar con el teorema geométrico final que la resume y sintetiza.

La poesía y sus pasadizos internos.

Estampas es poemario de juventud, se organiza en ocho secciones, que prologa la carta del poeta dirigida a su hija. Si bien se publica en 1943, cuando crecía en el horizonte el resplandor de la guerra, esos versos habían sido acuñados en sus veinte años. El yo prologal asume la carga testimonial con el lenguaje reconocible de la epístola remozada de ternura, pero que mantiene su énfasis en la militancia política, creo que existe un sólo poder creador, que es inagotable: el de las masas populares. Con vehemencia advierte contra los falsos profetas: ‘‘No les creas, que quieren amedrentarte para que les confíes tu defensa y hacer de ti su esclavo’’. Enseguida se hace presente el aspecto vectorial de la personalidad comprometida. El consejo epigonal es revelador de constancia, voluntad y confianza en aquello que está seguro de poder llevar adelante. Lo que harás será unirte a tus iguales y demostrar que el caos era en el principio, y que es de noche que se ven las estrellas. Entre vida y obra se establece una tupida red de influencias recíprocas.

Entre las Estampas...Del campo, correspondientes a la primera sección del libro, sin tantos alardes técnicos, el soneto El padrillo recoge la influencia modernista de Julio Herrera y Reissig. ‘‘Aquí el semental \ cruza estallando en coces frente al gran sol poniente’’. Parece absorber todo el calor, color y vigor de ese atardecer. En el relincho está el ímpetu del celo, que corona el paisaje rompiendo el silencio del campo Al relinchar todo él trema de amor salvaje. Los alejandrinos del último terceto completan la estampa del padrillo, cuya condición de reproductor lo coloca en el centro del cuadro, la voluntad de perpetuar la especie destaca el derroche de energía y vitalidad. En la acción primitiva del comportamiento sexual de las hembras, se han arremolinado las potrancas cerriles se intuye el sentido de la vida espontánea. Estas imágenes confieren el tono luminoso de inusitada fuerza natural que va a ser la tónica del poema.

Otro soneto, Del gringo, concilia al escenario trágico de un paisaje inclemente, con la presencia del extranjero ‘‘Miserable y transida criatura proscripta’’. La imagen de un sol destructor aparece vinculada al tema de Con la raíz al sol (1953), los adjetivos abrasado y ardiente dan la tónica dominante de un clima sofocante, que reseca la tierra hasta agrietarla, y agobia la voluntad hasta destruir el ánimo. El sol es, en tiempo de sequía, el oponente natural al trabajo del hombre, agota en pocos meses, todo lo que

él, durante años, construyó con sacrificio y privaciones. ‘‘¿ Para cuándo espero las lluvias?Y... ¡yo qué sé!’’ Ésta bien podría ser la respuesta de cualquier artiguense, comenta el escritor en Uruguay: realidad y reforma agraria (1961). El agricultor depende de las lluvias, pero podía llegar a afrontar, en los meses de verano, una temperatura cuyo coeficiente de variabilidad alcanzaba hasta un 50%.

La inclemencia condena al hambre y a la incertidumbre, el desamparo de la zona agraria de Bella Unión, en el departamento de Artigas; Ruta 3 (1955) muestra la indiferencia social y el desdén de los gobiernos; éstas son las constantes que predican la ausencia de Dios en la obra de Porta..

Según los versos de un payador en Intemperie (1963), ‘‘Dios creó primero al hombre, y antes que a la mujer, creó a la vaca, porque antes de darle mujer \ y familia que criar \ el Señor debió cuidar \ que tuvieran qué comer’’. Por irónico, resulta más doloroso el contraste.

Plenilunio, soneto de Del pueblo, puede inducir nuestra hipótesis de lectura hacia la magia o el encanto, de una noche de luna plena. En cambio, es la descripción del ambiente con la imagen auditiva centrada en las voces infantiles que, si bien se va desplazando hacia la imagen visual de la noche de plenilunio, pasa a reforzar la notación acústica de los comentarios de los mayores, sobre los sinsabores provocados por la crisis. El primer alejandrino con que se inicia el cuarteto, ofrece la visión de la noche enmarcada por ruidosa algarabía, que induce a pensar en la expresión gozosa de la vida. En los versos siguientes nos cambia la tónica espiritual y el último verso del cuarteto caracteriza el lugar, en la desmoronada vereda pueblerina.

La suerte adversa del pueblo es el clima de impotencia que construye el lenguaje intensamente lírico del segundo cuarteto. Como una revelación súbita conduce nuestra intuición hacia los rostros ocultos y conmovedores de seres y cosas en un ambiente patético. Entre la angustia campesina, y los temores de los niños el juego languidece, se recoge y termina. En la visión de conjunto este cuarteto es el de mayor fuerza comunicativa.

El entramado de los tercetos se carga de imágenes plenas de sentido y plasticidad, sinestesias, comparaciones y metáforas crean una atmósfera sugerente, y nuevamente evocadora del estilo de Herrera y Reissig.

‘‘Y después que la lumbre postrera se marchita, / se oye como la espuma del silencio crepita / en ladridos que tienen el timbre de los ecos;’’

Frente a la estructura arquitectónica del soneto, donde los versos están dispuestos como si fueran peldaños de un escalera, sometidos a medida y rima, en La crecida emplea la forma estrófica del romance, octosílabos de rima asonante en los versos pares, con una estructura lineal en la que la planificación se ajusta al flujo y reflujo de las emociones del poeta. Las formas son las esenciales, desprovistas de artificio, donde las experiencias vitales se tornan materia poética, con la vibración que le confiere la vida cotidiana, ya por el efecto sonoro de la onomatopeya:

‘‘Se oye el taf-taf de un motor’’ por la intromisión del discurso directo, caracterizador de personajes: ‘‘-Viene creciendo de abajo’’, o por la comparación realista, capaz de tanta compasión y ternura al mismo tiempo: ‘‘-parecen bichos del monte-’’

Aquí se repite el tema del enfrentamiento del hombre con las fuerzas desatadas de la naturaleza. Es la situación contraria a la que registra la evocación de la sequía: las lluvias desmedidas, que provocan el desborde del río Cuareim, condenan a los más desposeídos a perder lo poco que tienen o salir con su cosas a cuestas, remontando el río, para conseguir ayuda y un lugar donde quedarse, hasta que el río vuelva a su cauce.

Al humanizar al río, queda sugerido el ser bestial e inhumano encarnado en la turbulencia de las aguas, sin embargo el poeta se toma unos versos para explicar que la crecida no es el río \ sino una presencia informe \ que llena el aire y penetra \ en todos los corazones.

Así, la presencia amenazante del río se vuelve misteriosa y de responsabilidad indefinida.

Hacia el final, el poema acrecienta su emotividad cuando el poeta, con fino sentido de la ironía, se declara testigo de la impotencia del hombre y denuncia el divino sadismo: ‘‘que a Dios le gusta probar / la paciencia de los pobres’’.

Lejos de la improvisación bisoña, fue su alma telúrica, reflejo de una realidad que le entró por los ojos y le estalló en el corazón. Si uno pudiera situarse en el mundo interior de los escritores a quienes estudia, hacerlo con Porta, parece empresa desprovista de escollos, su poesía mansa, melancólica o desesperanzada, marca una postura humana ante sus semejantes, henchida de tolerancia y de franqueza, de correspondencia total con la realidad.

Las palabras de Pablo Neruda son la síntesis perfecta del propósito de este trabajo: Si me preguntan qué es mi poesía debo decirles: no sé; pero si le preguntan a mi poesía, ella les dirá quién soy yo.

Con respecto a la cultura, su aspiración fundamental es la libertad; sirve para aprehender la libertad, vivir en ella y saber a qué atenerse, ayuda al hombre a que su vida sea más humana y le revele sus posibilidades. Como decía don Quijote:

‘’Cada cual es hijo de sus obras."

Entrar en contacto con la obra de Eliseo Salvador Porta, alienta el deseo de conocer el movimiento espiritual del hombre en interacción con su ámbito espacial y la época que le tocó vivir. Reconocemos la distancia que nos separa en el tiempo, aún así, hay circunstancias, hechos y relaciones con el medio, que se mantienen inalterables. Debido a todo lo que atañe a su personalidad, su vida y obra, consideramos que sería reverente rescatar del olvido a un escritor de su talla, e incluirlo en los planes de estudio.

BIBLIOGRAFÍA DE ELISEO SALVADOR PORTA (1912-1971)

POESÍA: Estampas, Montevideo., 1943 NARRATIVA: De aquel pueblo y sus alrededores, Montvideo, Letras, 1951. Con la raíz al sol, Montevideo, Asir, 1953. Ruta 3, Montevideo, 1855. Intemperie, Montevideo, banda Oriental, 1963. Una versión del infierno, Montevideo, Populibros Disa, 1967. Sabina, Montevideo, Nuevo Mundo, 1968. El padre y otros cuentos, Montevideo, Banda oriental, 2000. ENSAYO: Artigas: valoración psicológica, Montevideo, 1958. Uruguay: realidad y reforma agraria, Montevideo, Banda Oriental, 1961. Marxismo y cristianismo, Montevideo, Banda Oriental, 1966. ¿Qué es la revolución?, Montevideo, Libros de la Pupila, 1969.